Carmen Silva, la Van Gogh de Chile.
Chile ha perdido a Carmen Silva. Se dará cuenta de ello cuando su dispersa obra sea reunida y restalle demostrando que fue la Van Gogh de Chile, por su apasionamiento lineal y su transfiguración del mundo.
Una vez le pregunté: "¿Por qué les pones esas líneas de borde en fuga a tus cucharas y a tus tazas?" "Es que las veo prolongándose, no quieren terminar ahí". Así las captaba, irradiándose como rayos rectos o curvos, y el resultado era una intensificación de los perfiles, una tempestad lineal en que la cuchara estallaba sin destruirse, alcanzando una potencia "nuclear."
Cuando volvió de París, en los años cincuenta creo, expuso en la selecta Galería Beaux Arts, de Carmen Waugh, gran catadora de lo nuevo. Sólo dibujos. No había tenido plata para óleos ni telas. Mejor talvez, porque su fuerte era el trazo gráfico. Había sorbido la esencia de calles y techos de París, los maravillosos techos y chimeneas que en lo alto tienden otro París, pobretón pero expresivo como una muchedumbre de mendigos. Y los había atrapado con un ardor feroz. Baudelaire hubiera aplaudido cada uno. Era el tuétano del París bohemio, agónico, letal, el mismo que espantaba a Rilke y el mismo que mermara a César Vallejo e intoxicara a Cortázar.
Agarraba y desgarraba la arquitectura, sin sus habitantes y sin sus parques. Las cosas grandes y adentro las chicas: vajilla, muebles, mantelería. Pero sin sus dueños. La cosa debía conjurar la mano que la poseía y usaba, como sucede con los guantes vacíos. Parecía una deshumanización pero era otra manera de sugerirla, más sutil y evocadora. Prefería lo inmóvil, lo que posa mejor y así se deja poseer. Ningún animal. Ningún pájaro. Ninguna nube.
No fue paisajista a pesar de sus temporadas en Isla Negra. Allí, siempre en los años cincuenta, me encontró una vez sentado en la playa de las ágatas dibujando una roca gris y vertical como un muro. Me vio hacer las líneas matizadas, moduladas en su presión, que yo había aprendido en los dibujos de Hokusai. Y se sentó a dibujar conmigo, probando de aprovechar ese tipo de trazo. Pero fue como si una violinista quisiera pasarse al piano. Su mirada, y la mano de esa mirada, no consideraban tal tipo de realidad ni de efecto. Y riéndose comenzó otro dibujo con sus zarpazos de lápiz; pronto la quieta roca se reventó de ritmos.
Neruda pasó de repente, del brazo de Matilde Urrutia. Él le preguntó con su voz de cadena gangosa: "Carmen, ¿has hecho los dibujos para los poemas que te di?" "Ay, he empezado pero me falta mucho todavía". Matilde la miró severa: "Que no se te pierdan, que no tenemos copia". Ya idos a paso lento, Carmen muerta de la risa y los nervios me confesó: "No tengo idea dónde puedan estar". Nunca ilustró las Odas.
En un verano de los años sesenta cuando yo andaba paisajeando por El Tabo, apareció una mañana Héctor Orrego Puelma, su cuñado. Venía desalado a buscarme. "Tienes que venir a conocer a un genio".
"¿Quién?"
"Tom Daskam, está en una de esas cabañas junto al estero de Isla Negra y dibuja fantástico".
Tom era un gringo flaco y lacónico, ex marino de submarino. Era evidente que sabía dibujar y que estaba imbuyéndose en los matorrales y palos del litoral. Entró Carmen a la cabaña y a su vida.
El denuedo mutuo, la disciplina cotidiana de dibujar como al borde de la tumba, fueron perfeccionando el arte de Tom y debilitando el de una Carmen deslumbrada, apabullada, anulada por la precisa mimesis de su compañero. Un día, harto tiempo después, me dijo: "Yo no sé cómo se puede seguir pintando después de ver lo que hace Tom". Temo que ella fue víctima de una admiración que le minó la autoestima y cayó como cae un equilibrista cuando pierde fe en su técnica.
Después hubo una Carmen Silva revolucionaria y revolucionada que tuvo que ser tratada con electro shock y que tuvo que exiliarse. Cuando volvió era un eco de sí misma. Incursionó en la figura humana, en la exigencia de esa representación proporcionada y precisa, justo lo que podría acabar de pulverizarle su confianza en sí misma.
Pero su obra antes de ese deslumbre debilitador, es de una fuerza original inolvidable. El dibujo suyo entra en lo poético, se hermana con la poesía de Neruda y de Parra, con la sensualidad y el desgarro, rasgos que demuestran un sabor chilenísimo, reforzado con la pobreza cromática y hasta la pobreza material del mero lápiz sobre cartulina. Paradójica pobreza que en los mejores artistas chilenos fosforece de riqueza y les confiere un rango único de joyeros del adobe.
Su expresionismo visionario aporta una especie de anti intimismo doméstico. Porque es lo más antártico al interiorismo de los hogareños pintores holandeses del siglo XVII o los franceses del XX. En vez de la quietud acogedora de la casa bien tenida, con frutas y clavecines, y criadas abrillantando las baldosas, o paredes de papel floreado y ventanas abiertas a jardines, Carmen coloca sus modestos y sobrios utensilios de cocina y de comer, transformados en entidades poderosas, casi en heroínas y en héroes de tragedia griega: cucharas-Antígonas, cuchillos-Orestes. Incruentos, eso sí. Pero capaces de abrir yugulares.
Friso aparte son sus sillas y cestos de mimbre, detallados con enervamiento en cada palo curvado, en la menor rompedura del entretejido. Sillas que pertenecen al rango de las de Van Gogh, sillas desoladas o tremebundas, mártires incluso. Sillas que con su forma atormentada cuajan una tácita épica de uso y sobrevivencia. Recuerdo la que tenía Raúl Valdivieso en su departamento en Madrid. Un sillón de mimbre destartalado que casi hablaba o que estaba a punto de aullar. Carmen había sido cada tendón de mimbre. Bastaba verla cómo los asumía con el entrecejo apretujado y apretando los dientes como en un parto. Claro, ella "carmenizaba" lo que escrutaba dibujándolo. Se le volvían lanzamientos de su alma. Toda su obra es una autobiografía gráfica, un memorial plástico de sí misma. Por eso esa emotividad envainada en trazo nos emociona, y no se mira con ojos impávidos ninguno de sus cuadros y dibujos. Tienen una presencia perturbadora a veces. Hay que enfrentarlos y amaestrarse a soportar tanto efluvio. Si no, asustan. O abruman. O sea, piden aceptar el rango doliente, el enigma existencial.
Decía Van Gogh que "nada supera la expresividad de un rostro". Carmen Silva dejó pocos. Hay un perfil de mujer madejando. Un medallón hierático y atemporal que podría ser o Carmen o Penélope.
Enseñando un día les dijo a su alumnos que para expresar cabalmente un limón había que abrirlo, darle un corte magistral y verle los delicados cubículos estriados repletos de luz ácida. Se le encarrujaban los labios diciéndolo, se le arrugaba aun más la arrugada cara de sibila. Estaba siendo la acidez gloriosa del jugo y estaba a la vez encarnando en ella lo limón, el limonazgo que se le entregaba como la chatarra al alquimista. Algo de magia en todo el proceso. Y las sibilas no pueden enseñar cómo son sibilas. Se van con su secreto que acaso ni ellas mismas saben en qué consiste.
Texto escrito por LUIS VARGAS SAAVEDRA. poeta, artista plástico, profesor y crítico literario chileno.
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